domingo, 31 de julio de 2011

I'M BATMAN

Pues no se me ocurre mejor título que ese, pero dicho a lo Sheldon Cooper XD

Pues nada, que en treinta años no se había colado ningún murciélago en mi casa, y en el último mes se han colado tres (o era el mismo, pero se coló tres veces). Bueno, aquí os dejo cuando se coló las dos últilmas veces, ya que la primera me pilló en el curro.


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jueves, 21 de julio de 2011

TEATRO: TRAGEDIA GRIEGA

¡Bueno...! Parece que tengo este blog algo abandonadillo, ¿no? :P Bueno, pues iré actualizándolo poco a poco con cositas que tengo por ahí. ¿Os hace leer un ratejo? Pues vamos con.... con.... *rebuscando entre sus papeles* con.... (No, esto no..... Esto... tampoco.... ¿Esto? No..... ¡Ajá!). Bueno a ver qué os parece. Y no mintáis: decidme si es una mierda o una grandísima mierda.


TRAGEDIA GRIEGA



Acto I



Escena Única




     Estamos en plena época de auge de la antigua civilización griega, hacia el siglo V a. C. Estamos en una ciudad-estado cualquiera de este país en este siglo, digamos, Esparta, por ejemplo. De fondo, la silueta montañosa de la ciudad, con algunos árboles más cerca. También, de fondo, algunas casas del momento. En primer plano, y disimulando las salidas de cada lado de la escena, dos casas, vistas de perfil. Mucha gente yendo y viniendo. Se les oye hablar a todos a la vez. Las casas son, realmente, puestos de mercadería. Aparecen, por la izquierda, Andrés, joven apuesto, y Alejandro, hermano suyo, más mayor que él. Andrés está afligido.



ALEJANDRO.- ¡Es que, de verdad, llevas unos días que no hay quien te aguante! ¿Acaso estás en el mes?



ANDRÉS.- Menos bromas, ¿eh?



ALEJANDRO.- Es por esa, ¿no?



ANDRÉS.- (Con cierta irascibilidad hacia Alejandro). ¿Te quieres callar?



ALEJANDRO.- Oye, que soy tu hermano...



ANDRÉS.- ¿Y?



ALEJANDRO.- Que me lo puedes contar...



ANDRÉS.- Y terminar siendo enviado a Lesbios.



ALEJANDRO.- ¿Cómo?



ANDRÉS.- Que si te lo cuento, acabaré siendo enviado a Lesbios.



ALEJANDRO.- No entiendo.



ANDRÉS.- Mira: yo te lo cuento; luego vas tú y se lo dirás a nuestra madre; ésta a nuestro padre; él luego irá a decírselo al padre de ella; ella se enterará; se lo contará a sus amigas; el padre de una de esas amigas lo sabrá y me enrolará en el ejército porque él es el general; y acabaré, con la suerte que tengo, en Lesbios.



ALEJANDRO.- ¡Pues mucho mejor! ¿No?



ANDRÉS.- ¿Por qué?



ALEJANDRO.- Esa isla está repleta de mujeres... (Y le da un codazo en el costado).



ANDRÉS.- Ya, pero he oído ciertas historias de los marinos sobre esas mujeres...



ALEJANDRO.- ¿Qué historias? ¡Ah, esas historias! No sé tú, pero yo creo que son excitantes... Si fuese verdad...



ANDRÉS.- ¡Pero si estás casado!



ALEJANDRO.- Sí, es cierto... Pero, ¿quién es el listo que me dice que no puedo decírselo a ella?



ANDRÉS.- Estás loco...



ALEJANDRO.- (Parándose en seco, detiene a Andrés con el brazo, queda ojiabierto y señala a la derecha). ¡Mira quién viene por allí!



ANDRÉS.- ¿Quién? (Queda ojiabierto y tartamudeando). ¡Gran Zeus! ¡Si es ella!



ALEJANDRO.- (A Andrés, empujándole). Tienes que hablar con ella.



ANDRÉS.- (Intentando detenerle). ¡Estás loco!



ALEJANDRO.- Eso ya me lo has dicho.



ANDRÉS.- ¡Que se acerca! (Se esconden tras el puesto de la izquierda).



     (Por la derecha entra Helena, una muchacha de gran belleza. Lleva sobre su brazo un pequeño cesto. La acompañan varias muchachas, hablando entre ellas. Helena queda a la cabeza del grupo. Se detiene en los puestos y observa con detenimiento las mercaderías que en cada cual se ofrecen. Pero está callada, ausente. Su rostro, aunque alegre, delata una abismal tristeza interior. Una de las muchachas se acerca a ella).



OLIMPIA.- ¡Helena! ¡Alegra esa cara! ¡Estamos en fiestas! No debes estar triste...



HELENA.- (Sin mirarla). Querida Olimpia. Ya sé que estamos en días de gran júbilo.



OLIMPIA.- ¡Y tanto! ¡Son las Panhelenias! ¡Debemos, tenemos que estar todos alegres para que Zeus nos augure un buen año! (Helena suspira con sentimiento). ¿Os ocurre algo, prima?



HELENA.- Nada, nada. No me pasa nada. Sólo que...



OLIMPIA.- ¿Qué?



HELENA.- (Se vuelve hacia Olimpia). Sólo que no logro quitármelo de la cabeza.



OLIMPIA.- Habláis de él, ¿me equivoco?



HELENA.- No. (Suspira). ¡Menudo hombre! Ya sé que apenas tiene los veinte y yo no tengo ni los diecisiete, pero...



OLIMPIA.- ¿Pero? ¿Y bien?



HELENA.- ¡Que tengo unas ganas increíbles de hacerlo con él!



OLIMPIA.- Ya. Pero debes esperar, querida prima. Aún sois jóvenes. Para poder hacerlo tendríais que estar casados.



HELENA.- (Dándola codazos en el costado). Pero yo sé que tú también estás como yo, solo que lo disimulas mucho mejor.



OLIMPIA.- (Sonrojada). ¡Qué dices, Helena!



HELENA.- Sé de buena tinta que su hermano, Alejandro, te hace bastante tilín, ¿eh?



OLIMPIA.- ¡Qué cosas dices! Si está casado...



HELENA.- ¿Y?



OLIMPIA.- ¡Imagínate lo que ocurriría si llegara a saberse por toda Grecia! Yo quedaría deshonrada, él sería deportado a Macedonia, Zeus nos convertiría en seres espectrales, espeluznantes, y, cuando muramos, los Campos Elíseos ni siquiera podremos pensar en ellos cuando estemos en el Hades. Por favor, Helena. No sigas por ahí. (Vase por la derecha, junto con Helena, y seguida por las muchachas. Cuando se van, Alejandro y Andrés, siguiéndolas con la vista, salen de su escondiste).



ANDRÉS.- (Muy sonriente y alegre). ¡Me quiere! (Se vuelve a Alejandro). ¿Lo has oído? ¡Ella en verdad me ama!



ALEJANDRO.- Ya lo he oído, querido hermano.



ANDRÉS.- ¿Y también has oído a su prima? Ella también te ama... ¡Parece ser que al final se podrá representar en tu casa las leyendas de Lesbios!



ALEJANDRO.- Eso parece...



ANDRÉS.- Pero, ¿por qué cuando me acerco a ella y la declaro mi amor, ella me rechaza?



ALEJANDRO.- Así son las mujeres.



ANDRÉS.- Los misterios bacanales son más fáciles de solucionar.



ALEJANDRO.- Quizás debas hablar con el Oráculo y expresarle esta cuestión.



ANDRÉS.- Eso hice el otro día.



ALEJANDRO.- ¿Y?



ANDRÉS.- Que cada vez responde cosas más raras. Fíjate en lo que me dijo: (Andrés se queda inmóvil, frente al público, con los ojos abiertos de par en par, la cabeza alta y en cuerpo rígido, con los brazos en posición semiextendida, como si se apoyara en unos imaginarios brazos de un sillón): “Gusimas yerke bii ywegecuvcoc woi erunuer o ethoir joirbas kakaj zha cuhrurftiot eñae”. (Recuperando su posición inicial). ¿Sabes lo que significa?



ALEJANDRO.- ¡Muy fácil! Mira: si lo traduces al dialecto macedonio, lo pones todo en plural, lo traduces luego al latín y después al oriental, creo que te dijo algo así como “no debes cejar en tu empeño” o “que te huelen los pies”. (Contrariado). Creo que debo estudiar más...



ANDRÉS.- Después acudí ante Hera.



ALEJANDRO.- ¿Y qué te dijo?



ANDRÉS.- Nada. Me quedé postrado ante ella, en el templo que hay a las afueras, con el rostro a tierra y las manos juntas y entrecruzadas, pidiéndola ayuda y apoyo. Estuve más de seis horas rogándole a la diosa, pero nada. O no me quiere hacer caso o se ha vuelta sorda, (a Alejandro, en voz baja), porque, la verdad sea dicha, está ya muy mayor. (De repente, por la derecha, aparece una joven muchacha, portando un cesto con pavos reales muertos. Vase por la izquierda, pasando por delante de los dos hermanos. Éstos se la quedan mirando).



ALEJANDRO.- (Señalando a la muchacha cuando ésta ya se ha ido. Tartamudeando). Andrés, ¿eso no eran pavos?



ANDRÉS.- S... sí. Parece ser que sí. (Los dos se abrazan y miran, entre ansiosos y pavorosos, por todas partes, sobre todo hacia arriba). Será mejor que nos vayamos de aquí... (Vanse por la izquierda. Al poco aparece Andrés, mirando hacia arriba y tomando una manzana). Por si acaso... (Mira al público, inmóvil). Si ella realmente me ama, y tantas ganas tiene de hacerlo conmigo, juro ante los dioses y ante el Olimpo que la poseeré. (Se oye un trueno. Andrés queda inmóvil, mirando hacia arriba, con cierto temor). Perdone, Señor... (Vase mientras se oye llover y los allí congregados corren de aquí para allá, tapándose la cabeza y gritando de vez en cuando. Los mercaderes cierran sus puestos. Mientras, el telón va cayendo).





Acto II




Escena Única




     Estamos en un bosque profundo. La luz a duras penas se deja entrever por entre las ramas de los árboles. Unas matas disimulan las salidas del escenario. Aparece Andrés, vestido con una capa que le envuelve. Entra por la izquierda, con sigilo, mirando a todas partes.



ANDRÉS.- (Como para sí). Creo que no me ha visto nadie... (Se detiene en medio de la escena, descubriéndose ante el público). Lo prometido es deuda. Esta misma noche, aquí, la poseeré, la forzaré. He oído que dentro de un momento ella vendrá aquí para recoger algunos frutos silvestres... Antes prepararé la escena. Así, enmascarado, disfrazado, no sabrá que fui yo. Lo de las pruebas de ADN y toda esa parafernalia no se descubrirá hasta dentro de 2.500 años, así que todo está a mi favor. Aunque el Destino... No sé. Yo creo que ése me tiene manía. ¡Todo termina por salirme mal! Entonces... Si la violo... Como todo lo que hago me sale mal... (Echándose las manos a la cabeza) ¡Oh, Zeus! ¡Ahora me vienen las dudas de última hora! (Al público, calmado). Típico. (Las plantas que hay tras él comienzas a moverse sigilosamente. Él se vuelve, asustado). ¿Qué ha sido eso? (Las plantas dejan de moverse al momento). El viento. El viento y nada más. Es sólo el viento... (Por la izquierda aparece un hombre disfrazado de cuervo).



CUERVO.- ¡Nunca más! ¡Nunca más!



ANDRÉS.- (Al cuervo). ¿La representación de “El Cuervo” de Poe? (Señala la salida de la derecha). Un poco más allá.



CUERVO.- (Yendo a la salida de la derecha). Gracias, buen hombre... (Vase).



ANDRÉS.- (Al público). Qué cosa más rara, ¿no? Ahora que me acuerdo... (Se torna asustado, atemorizado). Según lo cuentan los ancianos de la aldea, este bosque está encantado. Dicen que aquí vive Pan... (Señalando el fondo de la escena). Que en esa laguna se baña Ártemis con sus ninfas cuando la Luna está en lo más alto de la esfera celeste... Y que los reyes de las hadas (Titania y Oberón) suelen pasearse por aquí de vez en cuando... (De nuevo se mueven las plantas de tras suyo). Otra vez... Esto se va tornando muy negro... (De repente, el escenario queda a oscuras). ¡Eh! ¡Nada de bromas! (La luz, poco a poco, vuelve hasta la intensidad de antes. Andrés respira aliviado. Tras él está un joven de cabellos dorados y rizados, con una luz dorada enfocándole desde su cenit). Es que el horno no está para bollos... (Se vuelve. Al ver al joven, da un inmenso grito de susto, se lleva la mano al pecho y cae al suelo). ¿Se puede saber quién eres?



APOLO.- (Con ademanes afectados). Soy Apolo.



ANDRÉS.- (Levantándose y alejándose de él unos pasos, lentamente). ¿Y qué hacías detrás de mí?



APOLO.- Ya quisieras...



ANDRÉS.- ¿Qué quieres?



APOLO.- (Acercándose a Andrés). Vengo... (Andrés se aleja de él). ¿Adónde vas? Ven aquí, que no te voy a morder...



ANDRÉS.- ¿Que no me vas a morder el qué?



APOLO.- ¡Pillín! Mira; venía para advertirte que lo que vas a hacer está muy mal. Debes retractarte de ello.



ANDRÉS.- ¡Si me ama! ¡Y tiene ganas de...!



APOLO.- Ya, pero este no es el camino correcto. Eres joven, bello, bien formado, con buena pluma...



ANDRÉS.- (Interrumpiéndole). Planta.



APOLO.- ¿Y qué he dicho? En una palabra: eres atractivo. Lo que tienes que hacer es estar con otra muchacha. Ella entonces hará dos cosas: suicidarse o tomarte más en cuenta. (Esperemos que sea más lo segundo que lo primero).



ANDRÉS.- Claro. Tú dices eso porque eres el dios de la belleza y cualquiera, sea hombre, mujer, animal o cosa, cae rendido a tus pies.



APOLO.- ¿Y tú?



ANDRÉS.- Creo que me confundes con el típico tópico de mis congéneres. (Al público). Es decir, él cree que soy homosexual, ya que se dice que el pueblo griego de hace más de dos milenios era así. (A Apolo). Déjame. No quiero que me hagas nada.



APOLO.- Tú te lo pierdes. (Vase por la derecha).



ANDRÉS.- De la que me he salvado... Si hubiera llegado a aceptar, me hacen un ano más grande... (Un hombre, sucio, cojeando, aparece por la derecha. Está vestido de herrero).



HEFAISTOS.- (Con dureza). ¡Eh, tú! ¡Quieto ahí!



ANDRÉS.- ¡Gran Zeus! ¡El herrero de Esparta! ¡Le debo más de quince dracmas! (Hefaistos se acerca hasta él y le da una sonora y grandiosa bofetada. Andrés cae al suelo, muy aturdido por el golpe).



HEFAISTOS.- Eso por blasfemar con el nombre de mi padre.



ANDRÉS.- (En el suelo). ¿El nombre de tu padre? Entonces... Si estás vestido así... Tú eres...



HEFAISTOS.- Sí. Soy ese.



ANDRÉS.- (Levantándose. Asombrado). ¡Heracles!



HEFAISTOS.- ¡Ni qué Heracles ni qué...! ¡Soy Hefaistos!



ANDRÉS.- (Con excesivo desdén). ¡Ah! Ese... Pero si ni siquiera eres hijo de él.



HEFAISTOS.- ¿Mi madre no es Hera?



ANDRÉS.- Sí, pero...



HEFAISTOS.- ¡Ni peros ni nada! Mira... Allá arriba todos sabemos lo que vas a hacer, y algunos están a favor (como yo) y otros en contra (como ese imbécil de Apolo). Yo creo que está bien, porque, ¿por qué crees que Afrodita se casó conmigo? Ya ves que no fue por mi deslumbrante físico.



ANDRÉS.- ¿Entonces?



HEFAISTOS.- Ahí va mi secreto... La violé. Fue hace ya tiempo. Yo estaba como tú.



ANDRÉS.- ¿Enamorado de ella?



HEFAISTOS.- No. En la edad del pavo. La mano ya no me servía para nada, y quise saber cómo sería hacerlo con una mujer, ya que veía que mi padre lo hacía un día sí y al otro también. Y se le veía que le gustaba. Y en una de esas escapadas que hacía mi padre vino ella.



ANDRÉS.- ¿Hera?



HEFAISTOS.- No. Afrodita. Yo aún era joven. Ni siquiera era un semidiós, por lo que acudí ante ella.



ANDRÉS.- ¿Ante Afroditra?



HEFAISTOS.- No. Ante mi madre. Hijo, cómo estás. Es que no das una.



ANDRÉS.- Sacaba cincos muy raspados en Religión...



HEFAISTOS.- Entonces, mi madre me dijo que me allanaría el camino. Me convirtió en mi padre y me dijo que así lograría poseer a Afrodita. Y así fue luego cómo la desposé.



ANDRÉS.- Pero ella luego, como revancha... (Y se pone las manos en la cabeza a manera de cuernos).



HEFAISTOS.- Eso es otra historia. Así que, ya sabes. (Yendo hacia la izquierda). A por ella, valiente. Con un  par.



ANDRÉS.- ¿Con un par? ¿Quieres decir que...?



HEFAISTOS.- Eso. (Vase).



ANDRÉS.- (Como para sí). No sé si podré, pero como aún soy joven... ¡Así que, venga, con un par de revolcones lo conseguiré! (De un salto aparece, tras las plantas del fondo, una joven de pelo recogido en un moño, con vestidos ligeros y translúcidos. Toda ella es azul: vestidos, piel y cabello). ¿Y tú? ¿Quién eres?



ONDINA.- (Muy alegre e inquieta). Soy Ondina, la ninfa de los mares, ríos, lagos, lagunas, pozos, agua y demás líquidos



ANDRÉS.- ¿Y estás en el bando de...?



ONDINA.- De los que están en contra de la violación. Eso es una aberración y una vejación contra la mujer y lo que ella representa en la sociedad.



ANDRÉS.- (Aparte). ¡Mi madre! ¡Una que nos ha salido feminista!



ONDINA.- Te digo una cosa: que como se te ocurra siquiera rozar a esa pobre y desdichada muchacha tan solo un pelo te juro que te capo. (Y sonríe, entre maquiavélica e inocente). ¿Te ha quedado claro?



ANDRÉS.- (Retorciéndose de un dolor imaginario en la entrepierna). Muy... muy claro.



ONDINA.- Bueno, pues espero que me hagas caso, porque si no, ya sabes lo que te espera... (Y mueve los dedos índice y corazón de su mano a modo de tijeras). Te recuerdo que soy la señora de las aguas menores... (Al público) No piensen mal. (A Andrés). Y puedo hacer que te ahogues... Aunque seas el mejor nadador de toda Grecia. ¡Adiós, ricura!



ANDRÉS.- (Rogándole al cielo). ¡Madre mía, en la que me he metido! (Entra, por la izquierda, un hombre orondo, con una rama de parra en forma de corona, portando una copa elegantemente revestida de oro y demás piedras preciosas. Camina haciendo eses).



DIONISOS.- (Canta borracho).

“Soy Dionisos, el rey

de los viñedos

de Grecia por derecho

divino que el buey

            me dio por ley”.



ANDRÉS.- (Al público). ¿Y a ese qué le pasa?



DIONISOS.- (Acercándose a Andrés).

            “Día y noche paso

            con la bebida,

            que es una maravilla.

            Sorbo, bebo y trago

            el vino que aguo”. (Se interrumpe al ver a Andrés).

            ¿Y tú? ¿Quién eres? (Hace bailotear la copa delante de su cara). ¿Quieres un poco?



ANDRÉS.- No, gracias. Mi religión no me lo permite...



DIONISOS.- (Bebiendo un poco). ¡Tu religión! ¡Vaya una tontería! Siempre hacen lo mismo. Prohiben lo mejor de la vida: la comida, el vino, las mujeres y los hombres... Eso sí: el vino, cuanto más viejo, mejor. Pero las mujeres y los hombres... ¡Ay, mi padre sí que se lo montaba bien! Cuanto más jóvenes y menos experiencia, mejor. ¡Mírame a mí! Han tardado, pero se han dado cuenta. Me han hecho dios de lo mejor del mundo: la alegría, las fiestas y el vino.



ANDRÉS.- ¿Dionisos?



DIONISOS.- (Canta borracho).

“Soy Dionisos, el rey

            de los viñedos

            de Grecia...”



ANDRÉS.- (Interrumpiéndole). Ya he oído la canción... (De repente, un niño pequeño atraviesa corriendo el escenario, de derecha a izquierda. Los dos se lo quedan mirando). ¿Y eso?



DIONISOS.- Ni idea.



ANDRÉS.- (Reaccionando). ¿Qué te iba a decir? ¡Ah, ya! ¿Y vienes a hablarme de que si lo que voy a hacer está bien o mal?



DIONISOS.- Contéstame a estas sencillas preguntas: ¿Lo que vas a hacer es divertido, al menos, desde tu punto de vista?



ANDRÉS.- S...sí.



DIONISOS.- ¿Y lo prohibe la sociedad?



ANDRÉS.- Sí.



DIONISOS.- Entonces... ¡A qué esas dudas! ¡Adelante! Yo te protejo.



ANDRÉS.- Pero es que...



DIONISOS.- (Rodeándole los hombros con su brazo). ¿Qué pasa?



ANDRÉS.- Es que hay una muchacha que me gusta. Yo le gusto a ella también, pero no lo demuestra.



DIONISOS.- ¿Y?



ANDRÉS.- He pensado en violarla. (Dionisos se aleja de él, como si tuviera una enfermedad muy contagiosa). Aquí, en cuanto venga. Antes de que Febo desaparezca por el horizonte.



DIONISOS.- Hombre... Es que violarla...



ANDRÉS.- ¿Y en tus bacanales?



DIONISOS.- ¡Che! Dionisíacas. Dionisíacas. Baco no es más que una burda imitación de mi excelente persona... (Se acerca a Andrés y le dice al oído, como aparte). Además de que es mi hermano.



ANDRÉS.- ¿Entonces?



DIONISOS.- Una cosa es violar a quien no quiere y otra muy distinta es que los dos (o tres o cuatro) estén de mutuo acuerdo en ello.



ANDRÉS.- Entonces..., ¿qué me quiere decir?



DIONISOS.- Yo protejo el desenfreno y las dionisíacas. Sólo lo veré con buenos ojos lo que vayas a hacer si lo llamas “dionisíaca”.



ANDRÉS.- Es decir, que la emborrache con vino hasta casi dejarla atontada y entonces...



DIONISOS.- Tú lo has dicho. Yo no. (Mirando al cielo). ¡Padre, que conste que lo ha dicho él! (De repente, un pequeño sátiro entra por la salida de la derecha, se dirige muy rápido hasta Dionisos, éste se agacha y el sátiro le habla al oído). Te dejo, muchacho. Parece ser que me están inaugurando un nuevo templo en mi honor... ¡Y hay mucho barullo y mucho alcohol corriendo! Voy a ver si me acuesto con alguien... (Vase rápido por la derecha, precedido por el sátiro).



ANDRÉS.- ¿Y puedo ir con ella?



DIONISOS.- No. Está muy lejos.



ANDRÉS.- Pues vaya... Por una vez que sé de una fiesta y que conozco al regente... (Una mujer entra por la derecha, vestida muy recatadamente, con un amplísimo libro entre las manos, y con la cabeza metida -literalmente- en él). Esa mujer... Esa mujer... (Se acerca hasta ella). Perdone, preciosa... (La mujer levanta de repente la vista del libro. Deja ver un moño en su cabeza y unas gafas de pasta en sus ojos. Andrés se sobresalta). ¡Qué cosa!



ATENEA.- ¿Dice, joven?



ANDRÉS.- No, nada, nada... Oiga, ¿no nos hemos visto antes?



ATENEA.- ¿Has estado en Atenas?



ANDRÉS.- No.



ATENEA.- ¿Y la inauguración de la Biblioteca de Alejandría?



ANDRÉS.- No.



ATENEA.- ¿Has ido alguna vez al colegio?



ANDRÉS.- Eso sí.



ATENEA.- (Volviendo al libro). Puede que me hayas visto allí...



ANDRÉS.- ¿Y más recientemente?



ATENEA.- (Levantando la vista del libro). ¿Has venido antes a este bosque?



ANDRÉS.- No. Pero...



ATENEA.- (Volviendo al libro). Imposible entonces.



ANDRÉS.- Pues me doy.



ATENEA.- Soy Atenea, guardiana de la Sabiduría.



ANDRÉS.- ¿Y vienes tú también a hablarme sobre eso?



ATENEA.- Sí. (Cierra el libro, lo deja con cuidado en el suelo, se deshace el moño, se quita las gafas y se desgarra el vestido, dejando ver uno translúcido que redondea su esbelta figura).



ANDRÉS.- (Sorprendido). ¡Hija! ¡Hay que ver cómo cambia un par de trapitos y un arreglo aquí y otro allá!



ATENEA.- Esto es lo malo de ser una diosa... Como no se puede ser imperfecta... Los hombres se vuelven locos por mí.



ANDRÉS.- A mí me pasa lo mismo.



ATENEA.- (Extrañada). ¿Los hombres se vuelven locos por ti?



ANDRÉS.- No. Es al revés.



ATENEA.- Ah... Que los hombres te vuelven loco.



ANDRÉS.- Que no... (Una mujer, de cabellos rubios y largos hasta el suelo y con un vestido casi transparente entra por la derecha).



AFRODITA.- Atenea, ¿no habrás visto a mi hijo por aquí?



ATENEA.- Pues no.



ANDRÉS.- ¿Un niño más o menos de esta estatura, casi desnudo, con unas alitas a la espalda, portando un carcaj a la espalda y un arco en las manos?



AFRODITA.- ¡Sí! ¡Ese mismo!



ANDRÉS.- No lo he visto... Lo más parecido era una cosa muy rápida que se fue por allá. (Señala la salida izquierda).



AFRODITA.- Gracias. (Vase por la izquierda).



ATENEA.- (A Andrés). Perdona... ¿Me decías?



ANDRÉS.- Es que hay una muchacha que me vuelve loco, pero ella no me hace caso, y eso que ella me ama. Y como sé que ella me quiere y además tiene ganas de... moverse, pues he pensado en violarla.



ATENEA.- ¿Ah, sí? No sabía nada...



ANDRÉS.- Pero, ¿cómo? ¿Eres una diosa y no lo sabes?



ATENEA.- Hijo, los libros...



ANDRÉS.- Claro... ¡Bueno...! ¿Qué me dices?



ATENEA.- Que muy mal. No debes obligarla ni forzarla. Será que le gustas, pero la sociedad y la familia se impone sobre el amor.



ANDRÉS.- Será eso...



ATENEA.- Bueno, te dejo. Tengo que ir a ver qué hacen los alumnos de Sócrates en el examen que tienen hoy. A ver si les inspiro a contestar. (Vase por la izquierda).



ANDRÉS.- (Al Público). ¿Ustedes comprenden algo? (Por la izquierda aparece un joven, con un vestido semejante al de Andrés. Éste le ve). ¡Hombre! ¡Por fin alguien humano! (Se acerca a él). ¿Sabe cómo salir de aquí? (Se le queda mirando. Al momento, se echa hacia atrás. Le señala, con brazo tembloroso). ¡Eres uno de ellos! ¡Eres uno de ellos!



JACINTO.- ¿Cómo dices?



ANDRÉS.- ¡Eres uno de ellos!



JACINTO.- ¿Por qué? (Se señala la frente). ¿Por esto? ¡No te alarmes! No es más que un golpe que me dieron... (Andrés se calma, respira aliviado, y se acerca a él)... con un disco. (Andrés vuelve a retroceder, aterrorizado).



ANDRÉS.- ¿Quién eres?



JACINTO.- Jacinto.



ANDRÉS.- ¿Jacinto? ¿El de la flor?



JACINTO.- El mismo.



ANDRÉS.- Sé lo que te pasó. Apolo se enamoró de ti, pero, sin querer, te dio un golpe con un disco que te mató, y él, muy desconsolado por tu muerte, te convirtió en la flor del jacinto.



JACINTO.- Y vengo a hablarte sobre ello.



ANDRÉS.- ¿Sobre tu “affaire” con Apolo? Lo siento, pero a mí esos rollos no me van nada...



JACINTO.- Parecido. Sí y no. Vengo a hablarte del amor en general.



ANDRÉS.- Pues, adelante. Unos minutos más de sermón no creo que hagan daño a nadie... (De repente, Andrés se vuelve hacia el público. Se le queda mirando y señala al fondo). Señor..., ¿le pasa algo? ¿Qué? ¿Que le está dando un infarto?



JACINTO.- Pues algo así es el amor. Mírame a mí. Por culpa del amor, acabé muerto. Como Apolo era un dios, y como tal era en todo perfecto... (al público, con cierto retintín), en todo... (a Andrés), pues no había quien me quitara de la cabeza que era el amor de mi vida, y un día fui a verle. Oí que estaba ejercitándose en un gimnasio bajo una apariencia humana. Allí le vi, fortaleciéndose los músculos. Yo quedé escondido tras unos arbustos, pero quién me iba a decir que lo último que vería de él sería cuando él tirara el disco. Y me dio en toda la frente. ¿Casualidad? No lo creo. Acaso algún dios o diosa o semidiosa estaría que se subiría por las paredes al ver a Apolo conmigo, y quiso enviar ese disco justo hacia el centro de mi frente.



ANDRÉS.- ¿Entonces? ¿Qué me quieres decir? ¿Que el amor es como un veneno y que no debo forzar a mi amada?



JACINTO.- (Señalándose la nariz). Exacto. Lo has cogido, chaval. (Vase por la derecha). Espero que te pares a pensarlo.



ANDRÉS.- (Al público, con cierto aburrimiento). Pues, anda que, como esta escena sea así durante mucho rato... Creo que hay un señor en la quinta fila que ya se ha dormido... (se adelanta unos pasos, pero no baja del escenario). Oiga, perdone, ¿podría darle un codazo para que se despertara? (Queda un pequeño rato en silencio, como si esa persona realmente diera un codazo al dormido). ¿Qué? ¿Cómo dice? ¡Ah...! Si es que se ha muerto. (Por la derecha entran dos jóvenes –chico y chica-, vestidos como dos jóvenes griegos. Se les ve muy enamorados, haciendo manitas. Andrés les ve). ¿Y vosotros a qué venís aquí? ¿Acaso venís a..., cómo decirlo..., a “empujar”?



PÍRAMO.- (Es el chico griego). Eso lo harás tú.



ANDRÉS.- (Aparte. Desesperado). ¡Otros que lo saben! ¡Pero bueno! ¿Es que Eolo lo va difundiendo por ahí o qué? La verdad, es que esto es peor que confesar tus más profundos secretos a Eco... Cambiando de tema, ¿quiénes sois?



PÍRAMO.- Yo soy Píramo...



TISBE.- Y yo Tisbe.



ANDRÉS.- ¡Anda! ¡Los dos amantes! Sé vuestra historia. Estabais enamorados, pero vuestras familias estaban enemistadas... (Al público). Como Romeo y Julieta, pero éstos aún no existen. (A la pareja). Entonces un día quedasteis por la noche tras unos matorrales. Y no sé qué pasó que acabasteis los dos muertos.



TISBE.- Yo vi un león y me desmayé del susto.



ANDRÉS.- (Aparte. Con cierto desprecio). Qué fina...



PÍRAMO.- Cuando yo acudí, y la vi desmayada, pensando que estaba muerta, me quise morir. Así que un hermano suyo me vio, la creyó también muerta y me mató.



TISBE.- Y yo volví a la vida, le vi muerto, y me suicidé con su espada. (Con Píramo, mirándose fijamente a los ojos). Y nuestra sangre dio origen a las moras. (Y se besan).



ANDRÉS.- (Aparte. Con asco). ¡Por favor! ¡Al final ellos me harán desistir en mi empresa! (A ellos, que ya han dejado de besarse). Así que sois como los amantes de Teruel...



PÍRAMO Y TISBE.- (Contrariados). ¿De Teruel?



ANDRÉS.- Sí. Tonta ella y tonto él. (Ríe).



PÍRAMO.- (A Tisbe, pero mirando receloso a Andrés). Vámonos, querida. Que las Furias se apiaden de él. (Vanse por la izquierda).



ANDRÉS.- ¡Eh! ¡Que era una broma! Pero, ¡decidme! ¿Lo que voy a hacer está bien o mal?



PÍRAMO.- (Aún en escena). Eso pregúntaselo a tu padre.



ANDRÉS.- ¡No, por favor! ¡Si lo sabe me mata!



TISBE.- (Aún en escena). Te íbamos a decir que si tu amor hacia ella es puro y fuerte, no lo harías y la seguirías hasta el fin del mundo. Hasta la boca del mismo Hades si es necesario. (Vase junto con Píramo).



ANDRÉS.- ¡Pero, bueno! ¡Que no soy ningún Orfeo en busca de su Eurídice! (Aparte). ¡Habrase visto! ¡Dos adolescentes muertos por amor me van a decir que no es bueno hacerlo! Claro, como ellos murieron vírgenes...



PÍRAMO Y TISBE.- (En off). ¡Te hemos oído! (Entra por la izquierda una mujer muy enjoyada, vestida con finas y elegantes telas).



ANDRÉS.- (Viéndola). ¿Y usted quién es?



PASIFAE.- (Mugiendo). Mu... Soy la reina mu... de Creta mu...



ANDRÉS.- (Aparte. Con cierta desesperación). ¿Y a ésta que la pasa?



PASIFAE.- Soy mu... Pasifae mu...



ANDRÉS.- ¿La reina Pasifae? ¿La del Minoaturo?



PASIFAE.- La mu...isma. Vengo a hablarte mu... de que el amu...or es una enfermu...edad. ¡Fíjate en mu...í! ¡Los dioses mu...e hicieron enamu...orarme de un toro!



ANDRÉS.- (Al Público, señalándola). La primera mujer en probar la leche de toro en vez de la de vaca...



PASIFAE.- El amu...or te puede llevar a la locura. Mu...



ANDRÉS.- ¿Por qué mu...e lo dice? (Al momento queda contrariado, mirando al público).



PASIFAE.- Porque...



ANDRÉS.- (Al público). ¿Acabo de mugir?



PASIFAE.-... te puede hacer...



ANDRÉS.- (Al público). Esto me está afectando...



PASIFAE.-... que te enamu...ores de cualquier cosa. ¡Acuérdate del pobre Narciso! Se enamu...oró de su propio reflejo en una fuente.



ANDRÉS.- Así que me quieres decir que no lo haga, ¿cierto? Porque estoy loco y la locura no me deja pensar con claridad. ¿Es eso?



PASIFAE.- Mu... Mu...



ANDRÉS.- (Al público). Dos mugidos es que sí... (A Pasifae). Pues, muchas gracias, señora.



PASIFAE.- De nada... (Mirando como loca la salida derecha). ¡Mu...! ¡Qué es eso!



ANDRÉS.- (Volviéndose hacia la salida derecha). ¿El qué?



PASIFAE.- ¡Un miura! (Vase corriendo hacia la salida derecha, por donde hace el mutis). ¡Espera, cariño! ¡No te voy a hacer nada malo! ¡A no ser que tú quieras!



ANDRÉS.- (Al público). Si ya he dicho antes que en este sitio ocurren cosas muy raras... Pues me han dejado peor que antes... ¿Debo o no debo hacerlo? ¡Vaya un dilema! Si la quiero mucho, pero no quiero hacerla daño. Ni a ella ni a su familia, y menos a la mía. Creo que debería retractarme de ello. Pero... Ya que estoy aquí... (Se sonríe malvadamente). Creo que... (De repente, se sobresalta, mira aterrado hacia la derecha. Se pone muy nervioso). ¡Maldita sea! ¿Se puede saber qué hacen aquí? Yo esto no me lo esperaba. ¡A esconderse toca! (Y se esconde tras las plantas del fondo. Al poco aparecen Alejandro y Olimpia, muy juntos, sonriéndose y diciéndose cosas al oído).



OLIMPIA.- Pero, si estás casado.



ALEJANDRO.- ¿Y?



OLIMPIA.- Que es impropio de ti.



ALEJANDRO.- ¿Y desde cuándo he sido yo hombre de una sola mujer?



OLIMPIA.- Tienes razón... Pero eso fue antes de casarte. Ahora tienes mujer, esperas un hijo y tu hermano está en la edad del pavo.



ALEJANDRO.- (Nervioso). ¡No me hables de pavos!



OLIMPIA.- ¿Se puede saber qué te pasa con los pavos?



ALEJANDRO.- Es que esta mañana, hablando con mi hermano, vimos una mujer cargando un cesto lleno de pavos...



OLIMPIA.- ¿Y?



ALEJANDRO.- Que en ese momento estábamos hablando de Hera.



OLIMPIA.- ¡A quién se le ocurre...!



ALEJANDRO.- (Sonriéndose, mientras acaricia el brazo de Olimpia). Pero, cambiando de tema...



OLIMPIA.- Que no...



ALEJANDRO.- Venga... Sólo uno...



OLIMPIA.- Que no, pesado.



ALEJANDRO.- Uno muy rapidito...



OLIMPIA.- Que no vas a conseguir nada por ese camino.



ALEJANDRO.- Anda, mujer...



OLIMPIA.- (Volviéndose a la salida derecha). ¡Vamos, niña, que al final te vas a perder!



HELENA.- (Entrando). Ya voy, Olimpia. Ya voy.



OLIMPIA.- Si es que al final te vas a perder en el bosque y eres muy pequeña.



HELENA.- Lo único que hacía era dejaros solos...



ALEJANDRO.- (Abrazando a Olimpia). Pues sigue así...



OLIMPIA.- (Yendo al fondo, deshaciéndose del abrazo de Alejandro). ¡Helena! ¡Mira esto!



HELENA.- (Acercándose a Olimpia). ¿Qué?



OLIMPIA.- Fíjate qué multitud de frambuesas hay en este arbusto. ¡Cojamos unas cuantas! Puede que haga una tarta con ellas...



ALEJANDRO.- (Acercándose a Olimpia). Coge mejor fresas. Son frutos de Afrodita...



OLIMPIA.- (A Alejandro). ¿Sabes una cosa?



ALEJANDRO.- (Abrazándola). ¿Qué?



OLIMPIA.- Que necesitas urgentemente una cosa.



ALEJANDRO.- Sí. Una noche contigo.



OLIMPIA.- No. Un baño frío. (Y le tira por detrás de las plantas, oyéndose un chapoteo. Las dos mujeres se ríen, pero sólo Olimpia se va, por la izquierda).



HELENA.- (Viendo a Olimpia irse, siguiéndola unos pasos, pero sin salir de escena). ¡Qué mala eres, prima! Pobre hombre... (Se vuelve al fondo). Debe de estar calado hasta los huesos... (Se inclina y aparta las plantas del fondo, como si quisiera ver a Alejandro, pero Andrés salta sobre ella, con la capa cubriéndole, mientras baja el telón).



VOZ EN OFF.- (Mientras el telón va bajando). Disculpen las molestias, pero la siguiente escena ha sido calificada como muy inmoral y ha sido censurada. Por favor, permanezcan en sus asientos y a la espera. Gracias. (El telón queda unos segundos bajado, y lentamente va alzándose, dejando ver a Helena, con las ropas desgarradas, llorando en el suelo. Andrés ha desaparecido. A los llantos de Helena acuden rápidos Olimpia y Alejandro, quienes se agachan y la consuelan, abrazándola con mucha piedad y compasión).



OLIMPIA.- Ya pasó, ya pasó...



ALEJANDRO.- ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué lloras de esas maneras?



HELENA.- ¡Ha sido horrible! ¡Horrible! (Se calma, mirando a Alejandro). ¿Pero tú no estabas en el lago?



ALEJANDRO.- ¡Es verdad! ¿Y qué hago yo aquí?



OLIMPIA.- ¿Qué te ha pasado, Helena? Cuéntanoslo.



HELENA.- De repente, un ser se abalanzó sobre mí, y..., y..., y... ¡Oh, gran Zeus! ¡Qué desagradable momento!



OLIMPIA.- Ya..., ya... Anda, volvamos a casa. ¿Te parece bien?



HELENA.- De acuerdo. Pero, por los dioses, no le cuentes nada de esto a mis padres ni a los tuyos. Que nadie de nuestra familia lo sepa.



OLIMPIA.- De acuerdo. (Helena se levanta, ayudada por Olimpia y Alejandro. Vanse por la izquierda).



ALEJANDRO.- (Aparte. Como para sí, como entre dientes). Maldito seas, Andrés. Al final te has salido con la tuya... (Vase junto con las mujeres. Andrés sale de detrás de las plantas del fondo, sonriéndose, como vanagloriándose de lo que acaba de hacer).



ANDRÉS.- Sí, señor. Ha ido como la seda. Espero no haberla hecho daño... Pero, ¡hay que ver lo bien que se sienta uno después de un revolcón! Me siento como más vivo, más rejuvenecido, más descansado. Es como si pudiese con cualquier cosa. ¡Mi madre! ¡Me siento como si fuese un dios! ¡Como el mismo Zeus! Me siento capaz de hacer los doce trabajos de Heracles doce veces... O más. Y ahora no sé por qué, pero tengo ganar de meterme en la boca unas hojas secas enrolladas en un papel y prenderlas fuego mientras aspiro deliciosamente su humo. ¡Incluso me tomaría algo de vino! (Aparece un sátiro por la derecha, se acerca hasta Andrés, quien no le ve).



SÁTIRO.- ¿Eres Andrés de Esparta?



ANDRÉS.- (Al Sátiro). ¿Quién lo pregunta?



SÁTIRO.- ¿Eres hijo de Hipólito de Atenas y Casandra de Esparta?



ANDRÉS.- Depende...



SÁTIRO.- ¿Y hermano de Alejandro de Esparta?



ANDRÉS.- Puede ser...



SÁTIRO.- (Le toma fuertemente del brazo y se lo lleva a la salida derecha). Vente conmigo, porque la acabas de liar.



ANDRÉS.- (Intentando deshacerse del Sátiro). ¿Cómo?



SÁTIRO.- ¡Las hecho gorda, chaval! ¡Pero que muy gorda!



ANDRÉS.- ¿A qué se refiere?



SÁTIRO.- Lo de la Atlántida no es nada comparado con lo que te van a hacer.



ANDRÉS.- ¿Se puede saber de qué me está hablando?



SÁTIRO.- Anda, vente conmigo. Es imposible que te resistas.



ANDRÉS.- ¡Oiga!



SÁTIRO.- Te acaba de caer un marrón que no te lo va a poder quitar ni el mejor abogado de toda Grecia. (Vase por la derecha, con Andrés cogido del brazo. Telón).



 


Acto III




Escena Única




     Seguimos en el bosque, en la misma escena anterior, solo que algo modificada: el lago se encuentra en la salida derecha, bordeada por piedras y flores. De fondo, árboles de grandes proporciones y algún reflejo de las montañas. Es de noche. Delante se encuentran tocones de árboles a diferentes alturas, a modo de podio. Al lado izquierdo, varios pequeños tocones: dos filas de a seis. Entran Andrés y el Sátiro del Acto II, por la izquierda.



ANDRÉS.- (Entrando). ¿Me quieres decir qué pasa?



SÁTIRO.- En dos palabras: la has cagado.



ANDRÉS.- (Soltándose violentamente. Quedan en medio de la escena). Pero, ¿por qué?



SÁTIRO.- Por haber abusado de una mujer o de un menor (al público), en este caso, los dos, (a Andrés), por violencia o por astucia.



ANDRÉS.- ¿Eh?



SÁTIRO.- Que has violado a una muchacha.



ANDRÉS.- Pero ella me ama. ¡Es mi novia!



SÁTIRO.- ¡Como si fuese la mismísima Gea! Lo que has hecho ya no tiene vuelta atrás. Debes afrontar tu Destino...



ANDRÉS.- (Aparte). Si ya he dicho que ese me tiene manía...



     (El Sátiro queda de frente al podio de árboles, y de espalda al público, muy rígido, como si estuviera en una fila militar en la que el capitán general esté pasando revista. Andrés queda atónito. Van entrando seres fantásticos mitológicos –hadas, elfos, cíclopes, ninfas- por ambos lados de la escena, colocándose por azar por toda la escena. Por la salida izquierda van entrando, en orden, Apolo, Hefaistos, Ondina, Dionisos, Atenea, Afrodita, Jacinto, Píramo, Tisbe, Pasifae, Alejandro y Helena. Los doce se sientan en los doce tocones de la izquierda).



SÁTIRO.- ¡Atención! ¡Todos en pie! (Todos los personajes quedan en pie, mientras entran, por la izquierda, dos ancianos: un hombre –Zeus-, portando un rayo en la mano, y una mujer –Hera-, portando sobre su cabeza un hermoso tocado de plumas de pavo. Se sientan en el podio de árboles: Zeus en el tocón central, más alto, y Hera en el de la izquierda, un poco más bajo). Preside el honorable y magnífico Zeus, dios de los dioses, Señor del Cielo y de la Tierra, amo y señor de las vidas de los humanos...



ZEUS.- (Interrumpiéndole). Creo que ya ha quedado claro. (El Sátiro se inclina cortésmente ante él y se hace a un lado. Todos se sientan. A Andrés). Supongo... (toma un papel, leyéndolo) señor Andrés de Esparta, (se vuelve a Andrés), que sabe por qué ha sido convocado a este juicio.



ANDRÉS.- No lo sé. (Murmullos).



HERA.- (A Zeus, pero sin apartar la mirada de Andrés. Con cierto aire de desprecio). ¡Habrase visto! ¡Un humano desafiando al mismo rey de los dioses!



ZEUS.- (Lanzando un rayo al suelo. Todos quedan atónitos, mirando a Zeus, callados). ¡Silencio! (A Andrés). ¿Así que no sabes por qué estás aquí?



ANDRÉS.- ¿Cómo no sea porque una vez ofrecí unas manzanas algo podridas a Hera...? (Nuevos murmullos).



HERA.- (En la misma posición que antes). ¡Manzanas podridas! ¡Eso es un insulto!



ZEUS.- (Volviendo a lanzar un rayo al suelo). ¡Silencio! (Como para sí). Esto es lo malo de los juicios: que hay mucha gente... (Volviendo a Andrés). No es por eso.



ANDRÉS.- ¿Entonces? (Con el rostro radiante de alegría). ¿Es que acaso me van a transformar en una constelación? (Nuevos murmullos).



HERA.- ¡Lo que faltaba! ¡Encima con eso!



ZEUS.- (Lanzando un nuevo rayo al suelo). ¡SILENCIO! (Su voz ha de retumbar por toda la escena. Más calmado, pero aún con enojo). ¡Una nueva interrupción de este tipo y haré que desalojen el bosque! (Todos callan. Un momento de silencio y se vuelve a Andrés, con mucha calma). No. No le vamos a transformar en nada.



ANDRÉS.- ¿Entonces?



HERA.- ¿Sabes lo que has hecho?



ANDRÉS.- ¿El qué? No comprendo...



HERA.- Hoy.



ANDRÉS.- He hecho tantas cosas...



HERA.- (A Zeus). Hazle entrar en razón, que a mí me saca de mis casillas.



ZEUS.- Has violado a una virgen.



ANDRÉS.- (Asombrado). ¿Qué?



ZEUS.- La has forzado en nuestro sagrado bosque.



ANDRÉS.- No. Yo no he tocado a ninguna virgen. Sólo a Helena.



HERA.- ¿Y Helena no es una virgen?



ANDRÉS.- No. Es mi novia.



UN ELFO.- ¡Bastardo!



ZEUS.- (Furioso. Buscando entre los seres de toda la escena). ¿Quién ha dicho eso?



HERA.- (Señalando al Elfo). ¡Ha sido ese, Zeus! (Zeus le ve, toma un nuevo rayo y lo lanza contra el Elfo. Al momento, el Elfo grita al mismo tiempo que una pequeña explosión y una gran cortina de humo le envuelve. Al desvanecerse el humo, el Elfo ha desaparecido).



ZEUS.- ¿Alguno más? (Silencio). Prosigamos... Andrés de Esparta. Se le imputa una violación a una virgen en nuestro bosque sagrado. ¿Cómo se declara?



ANDRÉS.- (Titubeante). ¿Inocente? (Murmullos. Zeus toma varios rayos y los lanza contra los seres del bosque. Varias pequeñas explosiones y una inmensa nube oscura les envuelve. Al desvanecerse, no hay nadie. Sólo quedan en escena Zeus, Hera, Andrés, el Sátiro y los doce jurados).



ZEUS.- ¿Inocente se declara? (Déjese ver en su rostro cierto enfado, bufando). Sin más preámbulos... (maneja y manosea los papeles que tiene delante), pasemos a la declaración de los testigos.



ANDRÉS.- ¿Testigos? ¿Qué testigos?



SÁTIRO.- (Que ha permanecido durante toda la escena a la derecha de la escena, entre tinieblas). Se llama al estrado al dios Apolo, señor de la belleza y del arte. (Apolo se pone de pie desde el jurado, avanza hasta el estrado –tocón de árbol libre de la derecha -, y se sienta. El Sátiro avanza hacia Apolo con un libro en la mano. Como entregando el libro a Apolo, quien impone su mano sobre él). ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?



APOLO.- Lo juro, chato. (El Sátiro vuelve a esconderse en las tinieblas del lado derecho de la escena. Apolo se sienta).



ZEUS.- (A Apolo, con excesiva dulzura). Apolo, hijo mío. ¿Podrías contar a mí, a tu madre y al jurado...



ANDRÉS.- ¡Si él mismo forma parte de él!



ZEUS.-... lo que pasó?



APOLO.- Pues claro, papi. Verás: Yo estaba tan tranquilo en el bosque esta tarde, buscando a alguien con quien estar, cuando de repente me encuentro con este... humano, si es que se le puede llamar humano. Me dirijo hacia él, le hablo con sosiego y paz y él, al momento, me acosa. Comienza a gritarme que qué hacía yo ahí, qué quería de él y...



ANDRÉS.- ¡Eso es mentira! ¡Mentira!



ZEUS.- (A Andrés, muy furioso). ¿Se atreve a llamar mentiroso a mi hijo?



ANDRÉS.- (Acongojado). No... no, señor...



ZEUS.- (A Apolo, muy calmado). Prosigue, querido...



APOLO.- ¿Por dónde iba? ¡Ah, ya! Cuando supo al final que quién era, me pidió que hiciera que una muchacha que él amaba también le amara a él. Yo me negué, diciendo que aquello no era de la incumbencia de los dioses, pero tanto me atosigaba que terminé por huir de él.



ZEUS.- ¿Ya has acabado?



APOLO.- Sí, papi.



ZEUS.- Ya te puedes ir. (Apolo se levanta y se va hasta el lugar que ocupaba antes en el jurado).



SÁTIRO.- Se llama al estrado al dios Hefaistos, señor del fuego del subsuelo y maestro forjador. (Hefaistos se levanta, avanza hasta el estrado y se sienta. El Sátiro vuelve con el libro entre sus manos. Hefaistos impone su mano). ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran... (El Sátiro se interrumpe. Lanza un pequeño grito. Tira el libro al suelo. El libro está en llamas. Todos miran atónitos al libro ardiente. Entonces, por la derecha, aparece del lago una joven de verde. Porta un cubo cuyo contenido –agua- lo derrama sobre el libro, apagándolo).




ZEUS.- Gracias. (La joven sonríe).



APOLO.- (Levantándose de repente. Señalando a la doncella, asombrado). ¡Castalia! ¿Eres tú? (La joven le mira asombrada, no sin cierto aire de terror. Vase corriendo por la derecha, dando la impresión de que sumerge en el lago).



ZEUS.- Prosigamos con el juicio...



HERA.- (Bajándose de su tocón, acude junto a Hefaistos). Querido hijo mío...



HEFAISTOS.- Diga, madre.



HERA.- ¿Viste a este humano esta tarde en el bosque?




HEFAISTOS.- Sí, madre.



HERA.- ¿Hablaste con él?



HEFAISTOS.- Sí, madre.



HERA.- ¿Y de qué hablasteis?



HEFAISTOS.- De nada... De ti, de mí, de padre, de que quería a una muchacha...



HERA.- (Interrumpiéndole). ¿Y qué quería de la muchacha?



HEFAISTOS.- Violarla.



HERA.- Ahí está. No hay más preguntas. (Se vuelve a su puesto).



ANDRÉS.- ¡Protesto!




ZEUS.- ¿Sobre qué?



ANDRÉS.- El testigo ha sido coaccionado.



HERA.- (Con falso asombro y falsa indignación). ¿Cómo se atreve...?



ZEUS.- (A Hefaistos). Hefaistos, hijo. ¿Has sido coaccionado?



HEFAISTOS.- (Titubeante). ¿Cómo? (Zeus enseña, disimuladamente, pero de forma que sea apreciado por el público, un rayo a Hefaistos). ¡No, padre! ¡No he sido coaccionado! (Vase a su lugar en el jurado).



ANDRÉS.- (Aparte). Este juicio es una farsa...



SÁTIRO.- Se llama al estrado a la ninfa Ondina, señora de las aguas. (Ondina se levanta y acude al estrado bailoteando y cantando). ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?



ONDINA.- ¿Y el libro, majo?



SÁTIRO.- Inservible ya.



ONDINA.- Luego..., ¿se puede mentir?



ANDRÉS.- (Aparte). Si ya se ha mentido con el libro...



ZEUS.- (A Ondina, con mucha dulzura). Ondina, querida... ¿Te has encontrado con este humano esta tarde en el bosque?



ONDINA.- ¡Sí! ¡Y hay que ver lo simpaticón que era! (A Andrés). ¡Hola! ¿Te acuerdas de mí? (Y gesticula una mano a modo de tijeras).



ANDRÉS.- (Encogido). S...sí.



ZEUS.- ¿Y sabes algo sobre esa violación que se le imputa?



ONDINA.- Sí. Le dije que si lo hacía, le despadraba.



HERA.- ¿Cómo? (Ondina vuelve a hacer de su mano una tijera. Hera lo ve). Comprendo... (Aparte). Debería hacer lo mismo con este... (Señalando a Zeus).



ZEUS.- ¿Nada más?



ONDINA.- Nada más.



ZEUS.- De acuerdo, preciosa. Te puedes ir... (Ondina se levanta alegre y se prepara para volver a su sitio en el jurado. Zeus la chista). ¿Cuándo dejas de trabajar?



ONDINA.- (Sonriéndose). Picaruelo...



SÁTIRO.- Se llama al estrado al dios Dionisos...



ANDRÉS.- (Aparte). ¡El que faltaba!



SÁTIRO.-... señor de la alegría, amo del desenfreno y presidente de las bacanales.



DIONISOS.- (Levantándose). ¡Dionisíacas! (Acude al estrado). Que es que siempre lo mismo... ¡Que Baco es una mera copia de mí! (Siéntese en el estrado).



ZEUS.- Bien, Dionisos. ¿De qué hablaste con este humano?




DIONISOS.- ¿De qué va a ser? De mis fiestas...



ZEUS.- Y por ahí le indujiste a la violación, ¿verdad?



DIONISOS.- Tan sólo le dije que lo vería con buenos ojos si lo hacía en alguna de mis dionisíacas. Lo qué entendiera es cosa suya.



ZEUS.- Así que directamente no le indujiste a la violación.



DIONISOS.- No, señor.



ZEUS.- ¿E indirectamente?



DIONISOS.- Tampoco.



ZEUS.- De acuerdo. Puedes abandonar el estrado. (Dionisos se levanta del estrado y vuelve a su posición en el jurado).



ANDRÉS.- (Aparte). Vaya un juicio más absurdo...



SÁTIRO.- Se llama al estrado a la diosa Atenea, señora de la sabiduría y “mater” de Atenas. (Atenea se levanta y acude al estrado). ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?



ATENEA.- Si es la versión editada en Cnossos antes de la segunda guerra médica...


 


ZEUS.- ¡Mi muy querida Atenea! ¿Qué tal llevas los estudios?




ATENEA.- Muy bien, padre. Ya voy por mi trigésimo cuarto título académico: ingeniera agrónoma.



ZEUS.- Me alegro por ti. Se nota que has salido a mí... (Volviéndose a Hera. Con cierto retintín). Y no a tu madre.



HERA.- (A Zeus, como despistada). ¿Cualo?



ZEUS.- (Chasqueando la lengua, suspirando y mirando al cielo con desesperación, pero una desesperación de algo a lo que se está ya acostumbrado. Aparte). ¡Qué titanomaquia! ¡Qué titanomaquia! (Vuelve a Atenea). Hija mía. ¿Has visto alguna vez a este humano?



ATENEA.- Sí. Esta tarde.



ZEUS.- ¿De qué hablasteis?



ATENEA.- De libros y luego del amor.



ZEUS.- ¿Y de la violación?



ATENEA.- Sí. De eso también. Yo le dije que no lo hiciera si de verdad la amaba. Pero, claro...



ZEUS.- Te comprendo, hija... (Mira a Hera de reojo). Te comprendo... (Volviendo a Atenea). Ya te puedes ir. (Atenea vuelve a su puesto).



ANDRÉS.- Pero, ¿es que a mi no se me va a tener en cuenta?




TODOS.- ¡No!



ANDRÉS.- Bueno, bueno... Tan sólo preguntaba.



SÁTIRO.- Se llama al estrado a la diosa Afrodita, señora del amor y dueña de mi corazón.



AFRODITA.- (Yendo al estrado. Aparte). Graciosillo...



SÁTIRO.- ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?



AFRODITA.- ¿Dejarás de acosar a mis ninfas y a mí?



ANDRÉS.- ¿Lo ven? ¿Lo ven? No me digan que no lo han oído. ¡Ha dicho muy claramente que no va a decir la verdad!



AFRODITA.- Yo no he dicho que no. Tan sólo le he hecho una pregunta a éste. Lo que tú hayas entendido es cosa tuya.



ANDRÉS.- (Queda durante un momento quieto como una estatua, con la boca abierta de para en par, los ojos como platos dejando ver una inmensa sorpresa, apuntando a Afrodita, pero con el brazo ligeramente doblado. Como para sí, con la cabeza gacha). Tocado...



ZEUS.- Hija, ¿has visto a este humano esta tarde en el bosque?



AFRODITA.- Apenas durante un momento.



ZEUS.- ¿Hablasteis de la violación?



AFRODITA.- ¿Qué violación? (Murmullos de sorpresa entre el jurado).



ZEUS.- ¿Cómo? ¿Pero no hablasteis?



AFRODITA.- Yo sólo he dicho que le vi; no que hablara con él. Se me volvió a escapar Eros y le estuve buscando. Atenea estaba con él en ese momento.



ZEUS.- O sea, que no hablaste de él de la violación.



AFRODITA.- Así es.



ZEUS.- Entonces, ¿qué haces de jurado?



AFRODITA.- Como se necesitaba doce para hacer el jurado, y faltaba uno, me apunté.



ZEUS.- Puedes volver a tu sitio. (Afrodita vase a su puesto en el jurado).



SÁTIRO.- Se llama al estrado a Jacinto, amante de Apolo y jardinero personal del Olimpo. (Jacinto se levanta y acude al estrado). ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?



JACINTO.- Si no hay otro remedio...



ZEUS.- Jacinto, querido... ¿Has hablado con este humano esta tarde?



JACINTO.- Pues sí. ¿Y?



ZEUS.- ¿Nos podrías decir lo que habéis hablado?




JACINTO.- ¿Usted no es Zeus, dios de los dioses? Sépalo entonces...



ZEUS.- (Enojándose con la contestación de Jacinto, pero al momento se calma). No se debe hablar así a un dios.



JACINTO.- Pero se supone que ustedes lo saben todo, ¿no?



HERA.- (A Jacinto). Si supiéramos todo, incluido el futuro, yo no me habría casado con este. (Señala a Zeus).



ZEUS.- Estoy de acuerdo con mi mujer.



HERA.- (Anonadada). ¿De veras? ¡Hum! La primera vez en que estamos de acuerdo en algo...



ZEUS.- Si supiéramos todo, no te habríamos llamado a testificar...



JACINTO.- De acuerdo... Hablamos de la violación. Y estaba muy excitado por ello.



ANDRÉS.- ¡Pero de qué hablas, si se puede saber!



ZEUS.- ¡Silencio, maldito humano! Este juicio se acerca ya a su fin...



HERA.- Pues ya era hora, porque dentro de veinte minutos había quedado con todo el pueblo de Cnosso porque me van a erigir un templo.



ZEUS.- (A Hera, asombrado). ¿Otro? Ya es el sexto en lo que va de mes.



HERA.- (Retocándose el tocado con aires de grandeza). Es lo que pasa por ser la Diosa con mayúsculas.



ZEUS.- (Volviéndose a Jacinto, intentando olvidarse de Hera). Así que hablasteis de la violación. Y él estaba muy excitado por ello... Ya te puedes retirar... (Jacinto vuelve a su sitio en el jurado. A Apolo). Hijo, a ver si le andas corto a este muchacho, que está hablando muy mal.



APOLO.- Será las malas compañías.



SÁTIRO.- Se llama al estrado a Píramo, joven enamorado y que con sus pruebas de amor hacia Tisbe provoca náuseas.



TISBE.- (Reteniendo a Píramo, tomándole del brazo). ¡No, amor! ¡No vayas, por favor!



PÍRAMO.- (Abrazándose a Tisbe). Lo siento, querida, he de ir. Es mi deber.



TISBE.- Un momento sin ti me parece toda una eternidad.



ZEUS.- Por favor. Ya está bien. (Aparte). Hay que ver lo que empalagan estos muchachos... ¿De quién fue la idea de hacerlos perdurar en la memoria colectiva?



HERA.- Tuya. (Píramo acude al estrado).



SÁTIRO.- ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?



PÍRAMO.- (Con terror excesivo). ¿Yo sólo?



ZEUS.- ¿Os ocurre algo, Píramo?



PÍRAMO.- (Cabizbajo). Es que...



HERA.- ¿Qué pasa?



TISBE.- Píramo.



PÍRAMO.- Es que...



SÁTIRO.- ¿No puedes o no quieres?



PÍRAMO.- Es que... Todo lo que he hecho lo he hecho junto con Tisbe. (Alza la cabeza, de improviso, muy sonriente). ¿Puede ella subir al estrado a testificar conmigo?



HERA.- (Aparte). ¡La madre que le parió!



ZEUS.- (Con visible desesperanza. Indica con la mano que Tisbe vaya al estrado). De acuerdo... (Tisbe, alegre a más no poder, corre junto con Píramo al estrado. Allí se abrazan. A Hera). Me parece que, como esto siga así, no podrás llegar a tiempo a ese templo... (Al volverse, viendo el abrazo de los dos amantes). ¡Vale ya! Haréis que me dé otra úlcera. (Los dos amantes dejan de abrazarse, pero no se sueltan de las manos). Veamos... ¿Hablasteis con este muchacho esta tarde?



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



ZEUS.- (Aparte). Y ahora les da por hablar a la vez... (A Píramo y Tisbe). ¿Os dijo que iba a violar a una muchacha?



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



ZEUS.- ¿Y que esperaba ilusionado el momento?



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



ZEUS.- De acuerdo. Os podéis marchar.



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí. (Los dos quedan quietos en el estrado. Zeus se les queda mirando. Hera, Andrés, el Sátiro y el resto del jurado también se les quedan mirando).



ZEUS.- (Indicando con la mano que se pueden marchar). Venga.



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



ZEUS.- ¿Me oís?



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



HERA.- (A Zeus). Me parece que se han quedado mirándose a los ojos.



ZEUS.- (A Hera, sin apartar la mirada de los dos amantes). Sí. Se han perdido en los ojos del otro.



HERA.- Pues como sean los ojos como el Laberinto...



ZEUS.- (Volviendo a Píramo y Tisbe). ¿Os pasa algo, muchachos?



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



ZEUS.- ¿Sois griegos?



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



ZEUS.- ¿Dos más dos son veintidós?



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



HERA.- ¿Me dejas probar una cosa, cariño? (Zeus se echa hacia atrás de manera que Hera se echa hacia delante, lo más próxima que pueda a los dos muchachos). ¡Muera Zeus y el Olimpo!



PÍRAMO, TISBE.- (Mirándose entre sí). Sí.



ZEUS.- (Con visible enojo. Hera vuelve a su sitio). ¡Venga! ¡Fuera ya! ¡Que el juicio ha de seguir, pero no para siempre! (Tisbe es la primera en bajar del estrado. Píramo la sigue hasta que llegan al jurado. Allí se sientan, con la mirada clavada en el otro).



SÁTIRO.- Se llama al estrado a Pasifae, reina de Creta y ganadera en sus ratos libres. (Pasifae acude al estrado). ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?



PASIFAE.- Mu... Mu...



SÁTIRO.- (A Zeus). Dos mugidos es que sí. (Hágase a un lado).



ZEUS.- Bien, Pasifae...



PASIFAE.- ¿Mu...?



ZEUS.- ¿Hablaste con este humano?



PASIFAE.- Mu... Mu...



ZEUS.- ¿Nos podrías explicar, si es que puedes, lo que hablaste con este humano?



PASIFAE.- Con mu...chísimu...o gusto. Todo comu...enzó esta tarde. Yo estaba en el bosque cuando mu...e encontré con este humu...ano. Él estaba bastante excitado por algo, y quise saberlo. Hablamu...os largo y... (Pasifae se interrumpe voluntariamente).



HERA.- Hablasteis largo y tendido.



PASIFAE.- (Muy excitada y nerviosa, con terror). ¡No mu...enciones esa palabra, que mu...e pongo enfermu...a!



HERA.- ¿Cuál...? ¡¿Tendido?! (Pasifae se vuelve loca, mugiendo. Aparte). Si es lo que pasa por ir con toros al huerto de tu marido... Hija, se te pega todo. Hasta la estupidez.



ZEUS.- (A Hera). Ya vale, ¿no? (A Pasifae, tranquilizándola). Tranquila, Pasifae. Procuraremos de ahora en adelante cuidar lo que digamos en tu presencia. Nada relacionado con... Ya sabes con qué.



HERA.- Yo no lo sé.



ZEUS.- (Volviéndose a Hera). Con las vacas y los toros, y, en especial, con las corridas y los mataderos. (Pasifae oye estas palabras y vuelve a mugir, esta vez muy locamente, muy fuera de sí. El Sátiro avanza raudo hasta ella para tratar de tranquilizarla, pero Pasifae salta del estrado, se comporta como un toro bravo en medio de una lidia y va de acá para allá tratando de cornear a alguien. Al final, termina por irse por la salida izquierda. Todos miran estupefactos, con cierto pavor y temor por la estampida de la mujer. El Sátiro acude tras ella).



SÁTIRO.- (Poco antes de ir tras Pasifae, junto a la salida). ¡Cuidado allá! ¡Que está loca! (Vase).



ANDRÉS.- ¡Ah! Pero, ¿no es griega?




ZEUS.- ¿Cómo?



ANDRÉS.- Que si Pasifae no es griega.



ZEUS.- ¿Por qué?



ANDRÉS.- Es que, como ha dicho lo de que está loca, creí que era inglesa... (Se oye gran ruido, voces, mugidos. Todo en off. Los personajes de la escena se vuelven hacia la salida izquierda, sin moverse de su puesto. Gesticulan de forma que dan a entender que se produce, fuera de escena, gran revuelo y gran destrozo).



SÁTIRO.- (En off. Poniendo voz de villano. De vez en cuando, chasquea la lengua a modo de llamada de rebaños). ¡Vaca! ¡Vaca! ¡Tira p’al monte! ¡Alé! (Al poco hace su aparición un hombre muy delgado, endeble. Lleva puesta una gran capa de piel de león, rasgada por todas partes. Tiene moratones, sangre. Entra por la izquierda, como corriendo, huyendo. Se detiene para recuperarse junto al jurado. Todos quedan atónitos al verle).



ZEUS.- ¡Heracles! ¡Hijo mío! ¿Qué os ha pasado?




HERACLES.- (Avanzando un par de pasos hasta Zeus). ¡Ay, padre! ¡Qué mal lo he pasado!



HERA.- Cuenta, cuenta.



HERACLES.- Estaba yo tan tranquilo haciendo uno de mis trabajos, el del toro de Minos, cuando, de repente, oigo un griterío. Me vuelvo un momento y veo a una tía loca que se me viene encima. Entre ella y luego, al momento, el toro, me han dejado para el arrastre. ¿Y Euristeo quiere que haga otros once como ese? ¡Que los haga su tía! (Vase por la derecha, tras el lago).



ZEUS.- ¡Bueno...! Sigamos con esto... ¡Sátiro! (Aparece el Sátiro a la llamada de Zeus, con gran evidencia de cansancio de haber corrido mucho). ¿Quién es el siguiente?




SÁTIRO.- (Con cierta evidencia de cansancio). Se llama al estrado a Alejandro, hermano del acusado y posible cómplice de la violación.



ZEUS.- ¿Cómplice? (A Alejandro, que acude al estrado). ¿Es eso cierto?



SÁTIRO.- (A Alejandro. Con síntomas de cansancio). ¿Jura ante la palabra de la Odisea y el nombre del gran Homero decir la verdad, toda la verdad y nada más que...?



ALEJANDRO.- (A Zeus). ¿Cómo dice?



SÁTIRO.- (Con aire despectivo). Ya no me hacen caso. Mejor, así me recupero. (Hágase a un lado, sentándose a descansar y a tomar aliento).



ZEUS.- Que si es cierto lo que ha dicho el sátiro-jurado.



ALEJANDRO.- ¿De si soy cómplice de la violación? No, señor.



ZEUS.- ¿Entonces?



ALEJANDRO.- Andrés me habló de ello, y yo traté de convencerle de que lo olvidara. Pero cuando una idea se le mete entre ceja y ceja, no hay forma luego de sacarla.



ZEUS.- ¿Cómo que no? Yo conozco una... (Y saca un rayo que se dispone a dispararlo contra Andrés. Se detiene ante las voces de los allí presentes. Zeus se guarda el rayo).



ALEJANDRO.- Señor, era una frase hecha.



ZEUS.- Comprendo... Prosiga.



ALEJANDRO.- Pues eso. Que Andrés lo hizo porque quiso y punto.



ZEUS.- Así que dices que Andrés es culpable.



ALEJANDRO.- Sólo digo que él es un hombre (más bien un muchacho en plena edad del pavo. (A Hera). No se ofenda). Y los hombres nos solemos llevar por nuestros impulsos.



ZEUS.- De acuerdo. Puedes volver a tu puesto en el jurado. (Alejandro regresa a su puesto en el jurado).



SÁTIRO.- (Quien sigue recuperándose). ¡Helena, te toca! (Helena se levanta y acude al estrado). ¿Vas a decir la verdad?



HELENA.- Sí.



SÁTIRO.- Podéis proseguir.



ZEUS.- Sois la víctima, ¿cierto?



HELENA.- Así es, señor.



ZEUS.- ¿Podríais señalar al que os forzó?




HELENA.- Como he oído durante el juicio que decían que Andrés quería violarme... (Señala a Andrés).



ANDRÉS.- ¡Pero bueno! ¿Tú de qué parte estás?




HELENA.- ¿Y tú?



ZEUS.- Gracias. Puedes volver a tu sitio. (Helena abandona el estrado y acude a su puesto en el jurado).



ANDRÉS.- ¿Ya? ¿No va a preguntarla nada más?



ZEUS.- Con que te haya señalado basta. Y ahora descansemos unos momentos para que el jurado delibere y prepare la sentencia... (En ese momento, el jurado se vuelve, como hablando entre ellos). ¿Ya está?



ANDRÉS.- ¿Cómo que ya está? ¡Si no ha pasado ni medio minuto!



HELENA.- (De pie). Tenemos la sentencia, señor.



ZEUS.- ¿Y bien?



HELENA.- (A Zeus). Declaramos al acusado... (Se vuelve a Andrés lentamente, con mirada amenazante). Culpable.



ANDRÉS.- ¿Qué?



ZEUS.- ¿La pena?



HELENA.- (A Andrés, señalándole amenazadoramente). Sentenciamos a Andrés de Esparta a la mayor pena: la muerte.



ANDRÉS.- ¿Qué dices?



ZEUS.- ¿Y de qué forma se ha de ejecutar?



HELENA.- Ha de ser muerto por su víctima.



ZEUS.- Que se cumpla. (Y lanza un rayo al suelo. Zeus y Hera bajan de sus puestos y vanse por la izquierda al fondo. El Sátiro vase por la derecha al fondo. Las luces se pagan dando prioridad de luz al jurado, que avanza lenta pero amenazadoramente hacia Andrés, y a Andrés, quien intenta huir, marcha atrás y despacio. Andrés tropieza. Todo el jurado, excepto Helena, corre a inmovilizarle. Helena, con paso quedo, saca una daga de debajo de sus vestidos y, levantándola por encima de su cabeza, intenta clavársela a Andrés, quien, vanamente, intenta pararla de palabra. Justo cuando se dispone a clavarle el arma en el cuerpo, se oye una voz).



CRONOS.- (Entrando por la izquierda. Alza un brazo. Su voz ha de retumbar por toda la escena). ¡Alto! (Todos quedan inmóviles en ese momento. Cronos avanza lánguido hasta ellos. Es un anciano de inmensa barba, que se apoya en un largo cayado. Viendo al grupo, en especial a Andrés). Pobre muchacho. Pero él se lo ha buscado. (Al público). Pero no está escrito en las estrellas su destino. Este Destino. No debe morir joven, así, de esa manera. Según las Estrellas y las Erinias, Andrés de Esparta, (se va oscureciendo la escena y cayendo el telón, de forma que quede Cronos delante, con un cañón de luz iluminándole), este Andrés de Esparta, morirá de viejo (y muy viejo). Eso sí, se casará, tendrá muchos hijos, tendrá un alto cargo en la Asamblea y hará grandes bienes a Grecia. Así que él no puede acabar así. Así que veo que me va a tocar rehacer la Historia... otra vez. (Se vuelve hacia el telón, echado). Veamos... ¿Dónde lo dejo...? ¡Ah, sí! Ya sé. ¿Y qué hago para que no viole a esta muchacha? ¿Tal vez con..? Sí. Así creo que servirá. (Mueve las manos a modo de conjuro mágico. Al poco se laza el telón al tiempo en que Cronos sale de escena raudo. Tras el telón, aparece la escena del bosque anterior, con el lago al fondo. Es de día. Andrés está en medio de la escena, con la capa que le cubre todo el cuerpo. Se ve a Hefaistos irse por la izquierda).



ANDRÉS.- (Como para sí). No sé si podré, pero como aún soy joven... ¡Así que, venga, con un par de revolcones lo conseguiré! (Queda de repente contrariado). Tengo la ligera sensación de que esto ya lo he vivido... (De repente, se oscurece ligeramente la escena y se oye tronar. Andrés se acurruca en su capa y mira al cielo). Parece que va a llover... (Al público). ¿O acaso sean los dioses que no quieren que lo haga? Si es eso... Será mejor no tentar al Destino y no hacerlo. No quisiera despertarles ira en mí, así que será mejor que lo olvide. Y para siempre... (Vase por la izquierda y telón).